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lunes, 11 de noviembre de 2024

Una salida por el sintoma. Edgar Vazquez

Una salida por el síntoma

EDGAR VÁZQUEZ


En torno a los problemas abordados en distintos momentos y espacios en el Programa de Investigación de Psicoanálisis y Criminología, también ahora en este Seminario, a menudo nos surgen preguntas acerca de cómo podría el analista intervenir en situaciones tan complejas, a veces crudas, descarnadas, como las que nos encontramos en estos espacios de trabajo. Se vuelve decisivo poder decir algo sobre el quehacer del analista, puesto que no alcanza con decir que trabajamos con la escucha, hay que poder decir algo más sobre lo que hacemos con eso que escuchamos. En ese sentido, podemos aquí recordar que la primera gran discusión en la historia del psicoanálisis con niños se presentó justamente a partir de dos posiciones inconciliables que debatían lo antes mencionado: se puede hacer lugar a lo que tengan para decir y encontrar con ellos un arreglo al malestar, que era la propuesta kleiniana; o bien, se les puede hacer hablar para mostrarles lo que deberían decir, que era la postura de Anna Freud. En su Conferencia 23, Freud señala ciertas manifestaciones sintomáticas en los niños que “… no se las ve, se las juzga signos de maldad o de malas costumbres y aun son sofrenadas por las autoridades encargadas de la crianza…”,  indica que a todas esas manifestaciones hay que individualizarles, aunque en la mayoría de los casos se trata de un monto de angustia no ligado.

Propongo entonces examinar tres indicaciones clínicas muy precisas que nos pueden orientar en relación al lugar del niño en la época actual y también sobre qué posición conviene encarnar al analista en aquello que promueve con su escucha.

En primer lugar, un aforismo de Éric Laurent que a primera vista es de una notable sencillez, pero que entraña toda una serie de complejidades de las que conviene estar advertido, él dice “Proteger al niño del delirio familiar”.  Empecemos por la segunda parte de la frase, lo que concierne al delirio familiar, de ahí la familia es un término que de entrada va a estar cuestionado, ya que no es un campo homogéneo, verificamos cada vez más que como institución religiosa o jurídica, como ficción o como unidad elemental de la sociedad pierde consistencia y da lugar, más bien, a variedades de la parentalidad, no se trata más de “deberes recíprocos perfectamente definidos y cuyo conjunto forma una parte esencial del régimen social…”  que regulaba a las sociedades antiguas, sino de la consolidación del pasaje de las leyes de alianza al régimen de la propiedad. Derivamos de ello que su primera consecuencia sea poner en cuestión los términos “clásicos” de lo que constituye una familia, y frente a la dificultad de poder definir qué es un padre o una madre, Laurent ubica el delirio familiar cuando emerge un discurso –no solo al que se origina en la familia, también en la ciencia, la educación, las psicoterapias, etc.– que coloca al niño como índice y garante de que hay una familia, que el niño pertenece a la familia, que es un bien, no del lado del ideal, sino del objeto. Objeto de goce de la familia y de la civilización, objeto de pasiones, a veces tiernas y articuladas con la vida, otras con una presentación voraz y mortífera, que puede llegar a estar disfrazada de buenas intenciones, de actuar en nombre del amor y del bien. Habiendo avanzado con estas precisiones sobre el delirio familiar, volveremos más adelante con la primera parte de la frase “Proteger al niño”.

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